Durante mucho tiempo se habló de red flags como si fueran listas externas: conductas que
“deberías evitar”. Sin embargo, en la experiencia terapéutica, las señales más importantes no
siempre se ven… se sienten. El cuerpo suele percibir antes que la mente cuando algo no es
seguro.
Muchas personas permanecen en relaciones dañinas no porque no vean las señales, sino
porque aprendieron a desconfiar de su sensación interna.
Red flags emocionales: cuando el vínculo genera alerta
Las red flags no siempre son evidentes ni espectaculares. A menudo aparecen como estados
persistentes:
Ansiedad constante sin causa clara
Confusión frecuente (“no sé dónde estoy parada/o”)
Sensación de caminar sobre hielo
Necesidad de medir palabras o emociones
Falta de reparación tras el conflicto
Un signo clave es este: el vínculo activa más inseguridad que calma, incluso en momentos
“buenos”.
Green flags emocionales: lo que casi no se romantiza
Las green flags suelen parecer aburridas para quien viene de relaciones intensas, pero son
profundamente reguladoras:
Coherencia entre lo que se dice y lo que se hace
Espacio para expresar emociones sin castigo
Capacidad de reparar errores (no perfección)
Respeto por los tiempos y límites
Sensación de descanso emocional
Un vínculo seguro no evita el conflicto, pero no amenaza el lazo cada vez que hay diferencia.
El cuerpo como brújula emocional
Desde la neurobiología y la logoterapia, sabemos que el cuerpo registra seguridad o amenaza
antes de que la mente lo explique.
Preguntas clave:
¿Puedo ser yo sin miedo?
¿Me expando o me contraigo?
¿Me siento visto/a incluso cuando no coincidimos?
Cierre reflexivo
Un vínculo seguro no te acelera el corazón todo el tiempo. Te permite habitarte sin miedo.
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